El blog del Rodras

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De “Las batallas en el desierto” (José Emilio Pacheco)

Publicado por El Rodras en 18 mayo 2011

Después de muchos meses sin pararme por aquí y aprovechando mis vacaciones sentado en la PC me reporto con este breve post.

Leía algunas entradas del Twitter, la mayoría intrascendentes, cuando una me recordó un excelente libro del escritor mexicano José Emilio Pacheco titulado “Las batallas en el desierto” de 1981. En particular la descripción de la situación de ese México de después de la segunda guerra mundial en el periodo presidencial de Miguel Alemán y quise dejarles al menos el primer capítulo para ver si logra conquistar su interés lo suficiente para que lo lean, y si es así tambien les dejo el link del texto completo.

Enlace de la obra completa:                           http://es.scribd.com/doc/52109178/LAS-BATALLAS-EN-EL-DESIERTO

EL MUNDO ANTIGUO

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?; Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Íbamos a ver películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una de episodios completa: La invasión de Mongo era mi predilecta. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti. Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la próxima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda. La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente, debo ser obediente, debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos. Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable año dos mil se auguraba -sin especificar cómo íbamosa lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultra moderna y aerodinámica (palabras de la época). A nadie le faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.Mientras tanto nos modernizábamos, incorporábamos a nuestra habla términos que primero habían sonado como pochismos en las películas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban: tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uanmóment pliis. Empezábamos a comer hamburguesas, pays, donas, jot dogs, malteadas,áis crim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila, le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: hayque blanquear el gusto de los mexicanos.

(fragmento de la obra Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco)

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La niña Radiohead

Publicado por El Rodras en 21 septiembre 2010

Era un niño cuando recuerdo que escuche Radiohead por primera vez, quizá demasiado niño para que ese conjunto de sonidos hiciera eco en mi cabeza, pero hubo algo que los dejó grabados en mi memoria, para luego de años buscarlos inconscientemente; la chica dark de Radiohead.

En esa edad uno sale a “jugar” siempre con los mismos vecinos y a las mismas cosas, a no estar en la casa, a no pensar en tareas. La novedad cambiaba con el antojo y el presupuesto y suponía un sólo objetivo, la tiendita de Don Lupe.

Sin embargo ese día lo recuerdo muy diferente; para empezar un pequeño burgués como yo nunca se había acercado a un darketo, mucho menos platicado con alguno. La conversación danzaba entre la presentación o mejor dicho el alarde de quién era, cómo era, cuan diferente y distante era, etc. y los temas propios de quien en ese afán separatista “busca irónicamente ser igual a muchos que buscan ser diferentes”.

Al llegar a la música yo ya estaba un poco hipnotizado por ese poder de convencimiento que me hizo creer que escuchaba a alguien más interesante que yo o cualquiera de mis vecinos y que lo que me pudiera decir era para tomar nota y aprenderlo. Radiohead… en mi vida los había escuchado y sin embargo asentía a cada pregunta retórica y fingía estar de acuerdo con tal o cual matiz en tal o cual canción en la que pretendíamos armar una escena común, vivirla y terminar diciendo que era de las mejores. Luego de un rato y por inercia, ese otro yo, el mentiroso, confesó que tenía todos los álbumes por ahí arrumbados, cuando en realidad solo había carritos, GI joe’s y caballeros del zodiaco en cada rincón de mi cuarto; ahora me da algo de risa pero me recuerda la postura que tuve por años frente a las mujeres, una cierta inseguridad que sólo pisando tierra firme y conocida amainaba.

La chica entusiasmada porque creyó haber encontrado lo que buscaba me invitó a su casa, algún día … Yo tenía que pedirle permiso a mi mamá y por razones de pudor y estoicismo debía también encontrar un pretexto que disimulara la cita original; a ojos de todos este adulto era solo un niño pensaba yo… (creo que si nos detenemos a pensar en la percepción propia a X edad y la impresión que nos queda de un niño de esa edad actualmente, resulta muy apremiante aunque absurdo notar la descomposición de realidades). El pretexto fue el primo que era conocido mío y al cual yo encontraba estúpido y aburrido.

En esa edad en realidad no había intención alguna que no fuera la curiosidad que despierta vivir algo fuera de la rutina y eso eliminaba cualquier nerviosismo, cualquier expectativa. Llegamos a su casa, una casa blanca con cuadros florales y olor a pinol, nos sentamos y esperamos a que la chica bajara, mientras me preguntaba si en su hábitat natural sería acorde o no a los colores de su ambiente. Bajó quizá con la misma ropa de aquel día, su aspecto desinteresado y su performance fatalista… su interés era aún mayor que el de aquel día de la mentira y aparentemente tenía listo un ritual, un plan de vuelo que me tenía muy intrigado.

De ahí todo el relato es nube densa y pesada, bastó un vaso de agua fresca, Creep! y un extraño ejercicio de cerrar los ojos y escuchar un relato inventado por ella en el momento, para hacerme caer en su pequeño mundo unos minutos. Me mostró sus dibujos, hablamos de ellos y de lo mucho que le gustaba plasmar sus demencias y sus viajes con un lápiz y papel y regresé a mi casa, a mi piloto automático en el cual no volví a saber de esa mujer nunca, de hecho no la recordé por años, hasta que llegó a mis manos un disco de Radiohead y como viejos conocidos lo convertí en mi disco de cabecera.

Cómo logran pequeñas experiencias dejar huellas tan profundas, que definen preferencias e incluso comportamientos subconscientes? Es la niña Radiohead parte de lo que hoy por hoy me define y es al mismo tiempo un vago recuerdo de una tarde cualquiera que recoge algunos trozos de mi infante personalidad, es un extraño y bizarro recuerdo, es nada… o casi nada, quizá no se si ocurrió, si lo imaginé escuchado una canción de Radiohead.

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